Lo observo en silencio. Se desviste, de espaldas a mí, que estoy en la cama leyendo. No le gusta que lo vea desnudo. De pronto me mira, provocador; abre la boca como para decir algo, pero inmediatamente la cierra, como si no debiera decir nada. Llueve torrencialmente. Los vidrios, empañados, parecen rotos a la luz de los faroles de la calle. Se acuesta dando un suspiro. No me molesta la luz, dice, seguí leyendo tranquilo. No, no, contesto, no hace falta, ya terminé. Dejo el libro en el suelo, bajo la cama; apago el velador. Él gira casi bruscamente, me abraza, empieza a tararear una canción. ¿Te gusta así?, pregunta. Sí, me gusta, respondo. Unos minutos después se duerme, vuelto ya sobre su lado. Yo tomo el libro y me encierro en el baño, a oscuras. Me siento entre el inodoro y el bidet, con el libro abierto sobre las rodillas. Hago que leo, pero no leo. Pienso. En nada, no, tampoco pienso. Imagino cosas. Escucho cosas. Sé que va a dejarme. Él también lo sabe. Podría ser ahora.